Los chicos que no iban a la escuela fueron los únicos que
detectaron el fenómeno anómalo, en un amanecer que no fue
cualquiera, del quinto mes de un año en el que la gente había
vuelto a confiar en la policía.
El hecho concreto fue que dos hermanos vampiros, más bien
chiquitos, se habían quedado sin lugar donde dormir. Tal vez porque
sus pares andaban con miedo de que los humanos les contagien un virus
que había mutado y ahora infectaba a murciélagos, tal vez porque
los veterinarios recomendaban dejar de colgarse y dormir cabeza para
arriba o simplemente porque los que estaban cómodos y calentitos, se
quedaban mosca y se olvidaban del mundo; este par de bichos se había
quedado sin refugio para ese día.
Ya se hinchaba de rosado el horizonte y unas nubes gris pastel lo
manchaban un poco; los vampiritos creían que sería un día de sol
así que se atolondraban por encontrar algún rincón. Sin embargo,
inesperadamente para ellos, que no solían husmear el pronóstico en
el celular y que el sexto sentido se les había empastado un poco de
sangre coagulada, se largó a llover. No era la garúa finita que les
encanta a las achicorias de la huerta y a los novios que se prestan
los pulóveres, era un señor chaparrón.
Fue en ese momento, cuando a la vampira chica se le encendió una
chispa de rebeldía y le dieron unas ganas tremendas de volver a
dormir colgada, como cuando la hembra que los cuidaba los arrullaba
con unos ultrasonidos tan lindos.
Entonces pensó, que si no había otra opción, se podría colgar
de una gota de lluvia. El hermano la siguió. En el primer intento,
saltó a una gota redondeada y pesada, pero cuando la interceptó, se
le desarmó toda, en varios chorritos que cayeron, a la par de la
vampira contra el suelo encharcado de barro.
En el segundo intento, el hermano creyó ver que la gota se había
demorado en el aire, mientras la hermana le aterrizaba encima, sin
embargo, nuevamente cayeron, y dieron contra una planta de cala que
bordeaba un zanjón.
Ya le estaba agarrando esa angustia de a veces, en la garganta,
cuando, inesperadamente para el suelo, ávido de lluvia, las gotas se
agruparon en el aire y quedaron suspendidas. Tal vez porque pensaron
que un vampiro son todos los vampiros, o por el puro placer de
organizarse, o porque tiempo hacía que las aburría la velocidad y
el acelere continuo, las gotas simplemente fallaron al mandato de
caer.
Entonces la vampira chica, sin sorpresa pero con gusto, se trepó
a una gotaza alargada que parecía blanda y mullida. Y ahí, con la
sensación del viento en el hocico que da la libertad, se acostó a
dormir, cabeza para abajo, y bien prendida del agua.
Cuando el movimiento de la ciudad empezó, la gente que iba al
trabajo y los que iban a la escuela, no se dieron cuenta del
fenómeno. Unos muy dormidos, algunos concentrados y muchísimos
culposos, iban a sus tareas como la aguja finita del reloj,
constantes, precisos e irrelevantes.
Solamente los chicos que habían dejado de ir a la escuela
tuvieron ocasión de ver la constelación de bolitas transparentes.
Unas magenta, otras verdosas, unas cuántas enormes y otras, sólo
salpicaduras, todas quietas en el aire que todavía no se había
llenado de humo. Los chicos sacaron fotos, tomaron notas, hicieron
hipótesis y le escribieron mensajes a las universidades.
Se armó mucho revuelo en el barrio durante todo ese día, fue el
comentario de todos los murciélagos y de todos los humanos. Los
medios de comunicación vinieron y mientras creyeron que era
fantasía, estuvieron dispuestos a publicarlo en muchos formatos,
pero cuando vieron las gotas en el aire, algo los asustó y se fueron
rapidísimo. Los de la universidad tenían justo la fecha de
entrega de los formularios de renovación de proyectos anuales de
investigación, de todas las unidades académicas; así que no vino
nadie. Sí se acercaron algunos murciélagos, que protegidos por
gorritos, intentaron percibir de qué se trataba, pero por temor a
que tenga algo que ver con el virus humano, se fueron enseguida.
Los chicos que no iban a la escuela ordenaron la información, la
compartieron con todos y durante los meses que siguieron, les
brillaron los ojos curiosos mientras aprendían, se preguntaban
discutían y se acaloraban.
Ese día, recién cuando atardecía pesadamente, los murciélagos
se despertaron a su vida noctámbula y las gotas cómplices aflojaron
la resistencia. Llovió tranquilamente a la hora de cenar tortas
fritas y casi todas las gotas lavaron el aire para caer junto con el
humo sobre la ciudad agitada. Sólo unas unas pocas que siguieron
viaje pegadas a las alas de los vampiros, llevaron al extremo su
propia revolución.
lunes, 11 de mayo de 2020
sábado, 21 de marzo de 2020
Coronavirus
La patria unida de los años cuarenta,
la patria unida de los setenta,
el nacionalismo salvador, el todos juntos podemos.
Se renuevan las razones,
se abusa de la gente buena que valora la obediencia,
se mancha al que duda, al que circula, se mancha la libertad.
Cuando juntemos los trapos muertos de lo que hicieron mientras tanto,
volveremos a decir, limpias las conciencias, yo no sabía,
la tele decía, yo tenía una familia.
O tal vez no, quizás el buen estado se ha vuelto más bueno aún,
y sólo nos cuida, nos protege, nos vacuna contra el virus del Otro,
nos aísla para recordarnos que no necesitamos más
que dios, patria y hogar.
la patria unida de los setenta,
el nacionalismo salvador, el todos juntos podemos.
Se renuevan las razones,
se abusa de la gente buena que valora la obediencia,
se mancha al que duda, al que circula, se mancha la libertad.
Cuando juntemos los trapos muertos de lo que hicieron mientras tanto,
volveremos a decir, limpias las conciencias, yo no sabía,
la tele decía, yo tenía una familia.
O tal vez no, quizás el buen estado se ha vuelto más bueno aún,
y sólo nos cuida, nos protege, nos vacuna contra el virus del Otro,
nos aísla para recordarnos que no necesitamos más
que dios, patria y hogar.
sábado, 2 de febrero de 2019
Lunes
Hoy lo internaron a
mi papá. Me enteré cuando salí de la escuela, fue raro que me vaya a buscar
un amigo de mi papá con otro señor que parece más joven que no me
acuerdo bien quién es. Pero cuando me dijeron me mordí la lengua,
venía comiendo un chocolate y me mordí re fuerte con las muelas.
Tuve que aguantar la respiración para no ponerme a llorar del dolor, porque se notaba que no había que llorar en ese momento, no sé por
qué me di cuenta, pero ellos no querían que llore. ¡Cómo me
dolía! parece que le quise clavar las muelas para sentir más
gustito y como estaba duro el chocolate, le di a la
lengua.
Yo me re asusté
cuando me dijeron, pensé que le habían pegado, como la vez que se agarró a
trompadas con el señor que tiró el papelito al piso, o que se había
quebrado algo, no sé una pierna o una costilla. Me llevaron a la
oficina, estaba una amiga de mi mamá que me agarró la mochila y
dijo que estaba re pesada. Ahí aproveché a hablar y le conté que los lunes está pesada porque tengo que llevar los
libros de dos materias, que cada una tiene manual y cuaderno de tareas; por lo menos tenía algo que decir
y me sentía tranquilo explicando eso. Ella me miraba a los ojos
super atenta, fue raro porque nunca me presta tanta atención, me
asustó eso, pero me gustó que me mirara, así que le seguí
explicando que los lunes son horribles porque encima tengo dibujo,
que no me gusta para nada y me sale mal.
Después de comer un
sánguche de milanesa, me dijo que mamá le encargó que me explicara
que mi papá estaba internado, sí ya sé, le dije, (lunes tenía que
ser, pensé), y ahí me dijo que mi papá se había tomado más
pastillas de las que tenía que tomar, tranquila lo dijo, pero
mirándome bien. ¿viste que toma pastillas?, sí, bueno, tomó más
de las que tenía que tomar, y le hicieron mal.
Ah, como la otra vez
que yo me comí todo el paquete de gomitas, que me dolió la panza
todo el día, arriba en el estómago, tanto me había machacado mi papá con
bueno, ahí tenés, te gustó el durazno aguantate la pelusa, decía.
Las gomitas no tienen pelusa, pensaba yo embroncado. Mirá, ahora el
pavote se tomó él un montón de pastillas...¿Qué? ¿Serán
ricas, que tomó muchas? ¿No eran remedios? ¿Por qué mis remedios son
todos feos? Los que las fabrican deberían hacer al revés, hacer
ricas las que son para chicos. Si total mi papá toma ese amargo
horrible que le echa a la soda, qué necesidad de hacerle ricas las
pastillas a él.
La cosa que cuando
llegó mi mamá me abrazó re fuerte. Qué bueno ese abrazo apretado y
el sánguche de milanesa estaba buenísimo. Si no me hubiera mordido
la lengua, casi no parecería lunes. Ah, y si no lo hubieran
internado a mi papá.
Después fue todo
raro, fui a fútbol como siempre, pero me llevó esa amiga de mi
mamá, que encima se olvidó el carné del club y le agarró miedo de
que no me dejen entrar. Si a mí ya me conocen; todavía veníamos
lejos cuando el señor de la puerta dijo mi apellido. Desde que me
quedo entrenando un rato demás, ya todos me ubican, se ve que lo que
salgo con poquitos chicos y no con todo el malón, como dice mi abuela. Hasta la noche
estuvieron esos amigos en casa, con sus hijos se quedaron, porque parece que mi mamá estaba
cuidando a mi papá en el hospital. Me dijeron que ya estaba bien,
pero que se quedaba porque no sé qué; será que no estaban taan
seguros de que esté bien, o para que aprenda, cuando yo me comí
las gomitas, no me dejaron meter a la pileta al otro día.
Por suerte cuando ya
me iba a dormir, vino mi mamá. Menos mal porque yo estaba furioso
con el hijo de ellos que me agarró la pata de pollo del plato, qué
ganas de pegarle que me dio y eso que yo no pego, argumento re bien
dice la seño, porque todos en casa somos de hablar y no de pegar.
Pero me sacó justo la pata de pollo del plato, mientras yo comía, y se reía.
Si hubiera estado mi papá lo reta, o los reta a los papás para que
les dé vergüenza, o al menos le quita la pata y me la devuelve.
Bueno, raro que la amiga se fue volando cuando llegó mamá, no se
quedó charlando como siempre, como si se le hubieran ido las ideas
de las cosas que hablan siempre.
No sé tampoco por qué mamá
lloraba a la noche y tenía esa cara de fantasmita triste. Mi hermana
también se debe haber dado cuenta porque se quedó charlando con
ella. Yo me estaba por dormir. -¿Por qué papá
quería hacer eso? ¿Qué hago yo sin papá?- Le dijo en la charla. No
entiendo, de qué hablan, ¿hacer qué? Si le pasó como con mis
gomitas, ni se dio cuenta de que se estaba tomando todas las
pastillas, debe haber estado mirando una serie y chau, se le
acabaron. Fui y les expliqué.
Me miraron
sorprendidas -¿Qué hacés despierto vos?- dijo mamá. Les expliqué bien todo,
pero me miraron con ternura, como cuando preparo comida de mentirita
o digo alguna frase que ellos usan. Hicieron silencio y mamá puso
esa cara que pone cuando de golpe se decide a que algo se va a hacer,
pase lo que pase, cuando decide que la cosa no le va a ganar (sea una
maceta, un pallet para un sofá o la enfermedad en la pata de la perra) y me dijo: -Te voy a decir la verdad.
Una porquería la
verdad. Que papá se tomó las pastillas porque se quería matar.
Papá que no mata las moscas porque le dan asco, ni las cucarachas
porque hacen crac, mirá que se va a querer matar él. Si lo pinchás
con un escarbadiente y hace un escándalo porque le duele, mirá que
se va a querer matar que seguro duele un montón... ¿duele matarse?
Me agarró la duda. Pregunté. A veces, me dijeron. Odio esa
respuesta. Igual que odio los lunes, y este lunes más que a todos lo
demás.
Tal como yo decía,
mi papá volvió re bien, solo había estado medio medio de la panza,
pero estaba bárbaro y re contento. Mi mamá y mi hermana igual
vuelven a hablar cuando él no está, y está menos ahora porque está
estudiando una carrera que antes no pudo terminar y ahora la
está terminando. Y dele con que por qué quería hacer eso, que
le dio el bajón, que había estado demasiado acelerado y después
cayó de golpe, que ahora está mejor, que es importante que se
sienta útil (si es re útil mi papá, hace un montón de cosas más
que los otros papás, que lo único que saben es trabajar), que habrá
sido una protesta contra el mundo, que habrá querido llamar la
atención sobre la indiferencia de la gente, que con esta crisis
nadie anda bien, que los gobiernos son todos iguales por ser
gobierno, que mejor sería que no gobierne nadie... Lo bueno que a
veces también lo hablan con él, que dijo que no lo va a hacer nunca
más. Yo sé que es cierto. Sigue tomando pastillas, pero de a una
sola, y así le hacen bien, o no le hacen mal, por lo menos.
Sí pienso en eso de
la protesta contra el mundo, estaría re bien protestar, pero no con pastillas, fuerte, a los gritos, para que se escuche. Contra los
lunes, por ejemplo, contra los chicos que pegan, contra los papás que viven para
trabajar, contra los gobiernos que gobiernan y contra todas las cosas que le llevan la contra a mi mamá, que sabe bien cómo tiene que ser todo. Mi señorita no entiende cuando le
explico esto, como que fuera malo protestar. Y ella también toma unas
pastillas en el recreo, yo la vi, de a dos las toma. Me cansé de
decirle que se toman de a una. Al final me parece que sí le vendría
bien a la seño protestar un poco más.
Yo ya decidí, voy a
protestar mucho, porque desde que me empecé a quejar, me di cuenta que también otros de los chicos piensan como yo. Ahora estamos por armar una nota entre varios, para pedir que los lunes no tengamos que llevar tantas cosas, porque nos duele la espalda, somos chiquitos y no queremos terminar todos encorvados como la directora. Mi papá nos va a ayudar.
martes, 29 de enero de 2019
Hilachas
Cuando vi de cerca la adultez altiva de esa otra mujer, supe, por fin, que amaba a mi mámá y supe también por qué. Conozco su relato y el hilván deshilachado de un cuenco vacío que se llena y rebosa, que no soporta el vacío, ni la mitad. Ni la mesura ni la cordura son para un jarrón tejido de barro que no habrá de rajarse jamás, sólo desbarrancarse y hacerse diez mil añicos estrepitosos.
Hubo una mujer, un siglo atrás, que no tuvo madre porque la mató su nacimiento. Así, determinante, liso. Uno de esos eventos que no rebotan ni se ablandan, ni interactúan ni nada. Implacable. Quizás por falta de una mamá, no supo muy bien ser niña y desde que la recibieron las monjas después de tres rechazos, tres familias que creyeron que querían adoptar pero al final no, desde ese día, el primero en su memoria, fue grande. Cortó leña, cosió, mató patos, obedeció, calló y perfeccionó el arte de ser falsamente sumisa.
En algún momento, cualquiera, de esa adusta travesía que la llevaba por una vida que podía ser la de otra, o la de nadie, conoció a un encantador de serpientes. No había escuchado cuentos de encantadores de serpientes, no fue porque le recordara a una historia de fantasía que decidió quedarse a su lado. Fue por respeto a un hombre que podía mandar sobre una especie venenosa. Entonces, podía con los seres humanos. Podía defender la prole.
El hombre dominaba a las víboras, solía venir con alguna enroscada en el cuello, sabía un silbido para amansarlas, la magia negra, había dicho alguien. De lejos se distinguía su figura firme y retacona, que aparentaba más altura por el sombrero oscuro que parecía hecho de sombra. El hombre desconocía por completo el sonido para dominar el vino. Estaba convencido de que lo vencía recién cuando podía parar la damajuana sobre su pico. Todos sabían que los lunes no iba a trabajar.
Pero era cierto que podía defender la prole, de cinco que quedaron, porque la sexta se enfermó de bebé. Cuando estaba fresco, la defendía de la implacable dictadura de la madre y de la amargura que la atravesaba. Les enseñó a jugar y a entusiasmarse, a enfrentarse a los retos igual que a las personas. Nunca le tuvo que pegar a nadie y explicarle que esos críos no se tocan porque son suyos, no hizo falta, porque los críos, desde pequeños, se llevaban puesto a todo el mundo. Y un día se lo llevaron puesto a él y lo corrieron por viejo borracho que le anda pegando a la mamá.
Los chicos aprendieron a sobrevivir, cortaron leña, cosieron, mataron patos, pero nunca aprendieron a obedecer ni a callarse. Crecieron sin reconocer el discurso de los grandes, ni sus moderaciones ni su adaptación al medio. Los vieron como traviesos, al principio, cuando rompían ventanas de los vecinos cazando pájaros, como peligrosos cuando resistían los atropellos de los muchachos con dinero, y les ganaban; como desubicados rondando los treinta, como locos para tomar litio por los cuarenta, como irresponsables, cuando tuvieron hijos maricones y, muchas veces, como malvados. A la gente le costaba reconocer la señal de la desmesura y de la infinita infancia.
Me pregunto cómo se habrán convertido en esos seres de eterna travesura, no sé si habrá un banco de infancias perdidas que se compactan y reparten al azar, o si quien pierde mucho puede reclamarlo para su descendencia. De donde sale el orden en el que un borracho construye una hamaca para que los críos se columpien para siempre, para que ni los años ni el trabajo ni sus propios hijos puedan obligarlos a bajar a tierra. Qué caos detrás del caos empieza una trama que nos alcanza y qué hilos nos toca trenzar en el tapiz irremediable, en el pedazo de relato que nos hace, nos deshace, nos libra y nos suelta por ahí.
domingo, 6 de enero de 2019
Se fue Cromañón
Con trece años de buen gato, no esperábamos que te nos mueras en batalla.
Si no hay gatos en el cielo de los hombres, espero al menos poder recordarte.
miércoles, 3 de octubre de 2018
El hombre de sombrero (I)
Le habían comido las pestañas las hormigas, ni una le habían dejado. En la misma época en que la meningitis le había comido una hermana, pero se ve que la meningitis era diferente a las hormigas, porque le había dejado cuatro, cuatro hermanos más, por suerte o por desgracia.
Meningitis, qué raro sonaba esa palabra, que ahora se sabía bien; se pronuncia marcando la gi, gi, es como pegajosa. Se le había reído la madre cuando preguntó si era culpa del desgraciado. No, eso no, le había dicho, mirando el atardecer sobre el campo ajeno, tal vez preguntándose si ese día vendría.
Mucho tiempo después sería ella la que miraría por las ventanas alargadas del living, haciéndose la misma pregunta.
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Meningitis, qué raro sonaba esa palabra, que ahora se sabía bien; se pronuncia marcando la gi, gi, es como pegajosa. Se le había reído la madre cuando preguntó si era culpa del desgraciado. No, eso no, le había dicho, mirando el atardecer sobre el campo ajeno, tal vez preguntándose si ese día vendría.
Mucho tiempo después sería ella la que miraría por las ventanas alargadas del living, haciéndose la misma pregunta.
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miércoles, 25 de octubre de 2017
Noche tibia
Quedé latiendo como un corazón fuerte
en el cuerpo ya sin vida de un animal degollado
Mi desmadrado sentir
en el cuerpo ya sin vida de un animal degollado
temblando como un pájaro perdido y mojado.
Tus manos precisas me resumieron,
me sintetizaron hasta dejar mis dudas
convertidas en un suspiro.
Mi desmadrado sentir
embravecido y descontrolado
está a la sombra de tu potencia
y de tu palabra.
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