Cuando vi de cerca la adultez altiva de esa otra mujer, supe, por fin, que amaba a mi mámá y supe también por qué. Conozco su relato y el hilván deshilachado de un cuenco vacío que se llena y rebosa, que no soporta el vacío, ni la mitad. Ni la mesura ni la cordura son para un jarrón tejido de barro que no habrá de rajarse jamás, sólo desbarrancarse y hacerse diez mil añicos estrepitosos.
Hubo una mujer, un siglo atrás, que no tuvo madre porque la mató su nacimiento. Así, determinante, liso. Uno de esos eventos que no rebotan ni se ablandan, ni interactúan ni nada. Implacable. Quizás por falta de una mamá, no supo muy bien ser niña y desde que la recibieron las monjas después de tres rechazos, tres familias que creyeron que querían adoptar pero al final no, desde ese día, el primero en su memoria, fue grande. Cortó leña, cosió, mató patos, obedeció, calló y perfeccionó el arte de ser falsamente sumisa.
En algún momento, cualquiera, de esa adusta travesía que la llevaba por una vida que podía ser la de otra, o la de nadie, conoció a un encantador de serpientes. No había escuchado cuentos de encantadores de serpientes, no fue porque le recordara a una historia de fantasía que decidió quedarse a su lado. Fue por respeto a un hombre que podía mandar sobre una especie venenosa. Entonces, podía con los seres humanos. Podía defender la prole.
El hombre dominaba a las víboras, solía venir con alguna enroscada en el cuello, sabía un silbido para amansarlas, la magia negra, había dicho alguien. De lejos se distinguía su figura firme y retacona, que aparentaba más altura por el sombrero oscuro que parecía hecho de sombra. El hombre desconocía por completo el sonido para dominar el vino. Estaba convencido de que lo vencía recién cuando podía parar la damajuana sobre su pico. Todos sabían que los lunes no iba a trabajar.
Pero era cierto que podía defender la prole, de cinco que quedaron, porque la sexta se enfermó de bebé. Cuando estaba fresco, la defendía de la implacable dictadura de la madre y de la amargura que la atravesaba. Les enseñó a jugar y a entusiasmarse, a enfrentarse a los retos igual que a las personas. Nunca le tuvo que pegar a nadie y explicarle que esos críos no se tocan porque son suyos, no hizo falta, porque los críos, desde pequeños, se llevaban puesto a todo el mundo. Y un día se lo llevaron puesto a él y lo corrieron por viejo borracho que le anda pegando a la mamá.
Los chicos aprendieron a sobrevivir, cortaron leña, cosieron, mataron patos, pero nunca aprendieron a obedecer ni a callarse. Crecieron sin reconocer el discurso de los grandes, ni sus moderaciones ni su adaptación al medio. Los vieron como traviesos, al principio, cuando rompían ventanas de los vecinos cazando pájaros, como peligrosos cuando resistían los atropellos de los muchachos con dinero, y les ganaban; como desubicados rondando los treinta, como locos para tomar litio por los cuarenta, como irresponsables, cuando tuvieron hijos maricones y, muchas veces, como malvados. A la gente le costaba reconocer la señal de la desmesura y de la infinita infancia.
Me pregunto cómo se habrán convertido en esos seres de eterna travesura, no sé si habrá un banco de infancias perdidas que se compactan y reparten al azar, o si quien pierde mucho puede reclamarlo para su descendencia. De donde sale el orden en el que un borracho construye una hamaca para que los críos se columpien para siempre, para que ni los años ni el trabajo ni sus propios hijos puedan obligarlos a bajar a tierra. Qué caos detrás del caos empieza una trama que nos alcanza y qué hilos nos toca trenzar en el tapiz irremediable, en el pedazo de relato que nos hace, nos deshace, nos libra y nos suelta por ahí.
