viernes, 22 de octubre de 2021

Vidrio vacío

 El polvo está quieto, por ahora, en la calle reseca. Unos dibujitos chillones tienen a los niños. La cortadora de pasto tiene al chico que la empuja. Su novia cree tenerlo porque es nuevo, a su lado, mientras espera que el viernes no le pegue fuerte. Aunque son las cinco, la soda y el gancia se mezclan haciendo una textura transparente, como una malla, fija aún ante la movilidad del resto. De la oficina sale como una ausencia y un desprecio. Me doy cuenta de que al gancia le falta cuerpo, le falta fuerza y victoria. El gajito de limón, semihundido y ambiguo, parece cuidadosamente ornamentado con perlas de plata inflada, impecables; pero también, es como el barco hundido en Varadero sarsoti, herrumbrado, cubierto de granos de óxido, que se tragó un niñito cuarenta años atrás, cuando al principio de acción y reacción le faltó la reacción. 
Pienso en mi primo, que no tomaba cerveza sino vino, pienso que tenía razón. 
Pienso en mí tía que tomaba cerveza y vino y siento paz. 
Pienso en mí tío Beto, para quien el vino era el hilo inquebrantable que sellaba la amistad, el vino como rito, no enajenable de lealtad. 
En este instante de quietud sin viento, veo en mi calle tantas calles de tierra, una familia entera de calles de tierra, de parientes, como yo, luchando con el polvo; de parientes muertos perdiendo contra el polvo. 
En este momento de pesadez, de octubre desenrollandose sin ansiedad, con la seguridad de quien está más allá de los vaivenes irrisorios, me doy cuenta, sin vueltas, de la búsqueda irrefutable que tenían los Gómez en su ir y venir. Ir y venir, del pingûinito al vaso, del almacén a casa, de la damajuana llena al vidrio sólo y hueco. Siento la pregunta punzante en la lengua caliente, veo el vacío sobre la calle adelante y el desprecio indeferente que ha escapado de la oficina, para empapar el aire seco. Entonces agarro un vaso vacío, de vidrio, miro su hueco, y lo azoto, lo hago añicos contra la bacha.

miércoles, 13 de octubre de 2021

Carta a la llorona de la Tierra


Llorona yo te escribo porque lloro, y vos tenés más experiencia
yo te escribo porque lloro y todavía me da vergüenza
quiero que digas cómo fue tu camino a la conciencia.

Mi pueblo no se acuerda, bien, cómo es llorar, 
ahogados y con hipo por la gente sin hogar, 
mi pueblo ya se olvida cómo reclamar 
por los pobres, por los tristes, 
por los pobres y los solos,  
los pobres, los enfermos, 
pobres, los callados, 
callados y vaciados.

Solo al llorar nos queda
legítimo e
impune 
un breve
y tenue
quizá.


El nono y la nena



La nona y la nena pescan pescados
de tapas de gaseosa
con un palito.

El nono y el nene usan pañales.
La nona pide nanas por la noche
y llama a su mamá.
La nena va dejando de pedir nanas.
La nona no.

La mamá la viene a consolar,
la mamá la viene a buscar.
Las mamás llegan primero al mundo
y a la eternidad.

-Me tengo que arreglar porque me busca mamá.
-No, tu hija te busca.
La mira largo, la nona a la chica
y no le explica nada.

Donde otros ven sombra de pasado,
la nena mira al nono y ve al sol.

El nene se trepa a la silla de ruedas
y sale a la vida, en un camión de bomberos,
como en el antiguo carro de bomberos de la plaza.

Tengo ganas de hacer masa,
dice la nona, de sentir las manos en la masa,
y empuja las manos hacia su pierna quieta
hacia su no pierna, hacia la masa imaginaria.

El nono no explica ni niega sus manías
y le da veinte besos a la cruz
para conjurar los males.
Se acuerda de los muertos y de sus hijos
por si hubieran sido leales.

La nona no se acuerda de nadie
ni les reprocha su condición de mortales
escapa de la culpa, de las disculpas,
y no le teme a las historias inconclusas.





Retirados

No van sino que permanecen empecinados

en la costumbre de buscar detalladamente la derrota

con la esperanza minuciosa de la felicidad del otro,

la esperanza de que el otro no sea un espejo de su tristeza y de su renuncia;

porque si lo fuera…. serían parte de un orden cruel,

inaceptable tanto por el lado de la cruz como por el lado de la cara,

un orden moneda que los acerca con un diferencial cada vez menor,

a la muerte pueril.


En otro tiempo sus ojos se habían animado a declarar una guerra,

pero al momento de disparar se les había manchado de sangre el propio cuerpo.

En ese tiempo, las astillas de lo desconocido les habían acicateado las ganas de vivir.

Ahora, no son más que sombras de viejos cañones por fin empastados de hollín,

dispuestas a la tibieza esclava de la paz.


Si un día una búsqueda atrevida dejó una huella en el río del recuerdo,

un temible remolino que se tragó y se traga la cordura,

hoy caminan sin buscar por la orilla firme, inclinada de atardecer,

midiendo los pasos del otro para ver hasta donde pueden jugar

ese juego de piedritas cuyo nombre ni importa recordar,

tratando de ver un destello que los deje en paz,

que les diga que están bien ahí el hueco y la ausencia.

Que la herida va donde va.

Relato quemado


¿Que será tu muerte, Caroso?
¿Que se desmoronen los relatos que te hicieron?
 ¿Las historias una y mil veces contadas por mi vieja? 
¿Que se vuelvan recuerdo de un recuerdo 
tus sonrisas irrenunciablemente tristes? 
¿Que se haga cierto y para siempre 
el reproche que nos hacías
que le hacías a tu vieja mirándonos a todos?
'Me dejaste solo'
¿Que tu generosidad pisoteada nos deje un mundo 
con un poco menos de confianza?
¿Que frente a la crueldad desmesurada
a la oblicuidad de la injusticia 
me pregunte quiénes 
son tan mercenarios como el fuego? 
¿Como las llamas vendidas que no preguntan 
si es nafta
carne viva 
o un retazo irremplazable de mi ser?