Pienso en mi primo, que no tomaba cerveza sino vino, pienso que tenía razón.
Pienso en mí tía que tomaba cerveza y vino y siento paz.
Pienso en mí tío Beto, para quien el vino era el hilo inquebrantable que sellaba la amistad, el vino como rito, no enajenable de lealtad.
En este instante de quietud sin viento, veo en mi calle tantas calles de tierra, una familia entera de calles de tierra, de parientes, como yo, luchando con el polvo; de parientes muertos perdiendo contra el polvo.
En este momento de pesadez, de octubre desenrollandose sin ansiedad, con la seguridad de quien está más allá de los vaivenes irrisorios, me doy cuenta, sin vueltas, de la búsqueda irrefutable que tenían los Gómez en su ir y venir. Ir y venir, del pingûinito al vaso, del almacén a casa, de la damajuana llena al vidrio sólo y hueco. Siento la pregunta punzante en la lengua caliente, veo el vacío sobre la calle adelante y el desprecio indeferente que ha escapado de la oficina, para empapar el aire seco. Entonces agarro un vaso vacío, de vidrio, miro su hueco, y lo azoto, lo hago añicos contra la bacha.
