sábado, 2 de febrero de 2019

Lunes


Hoy lo internaron a mi papá. Me enteré cuando salí de la escuela, fue raro que me vaya a buscar un amigo de mi papá con otro señor que parece más joven que no me acuerdo bien quién es. Pero cuando me dijeron me mordí la lengua, venía comiendo un chocolate y me mordí re fuerte con las muelas. Tuve que aguantar la respiración para no ponerme a llorar del dolor, porque se notaba que no había que llorar en ese momento, no sé por qué me di cuenta, pero ellos no querían que llore. ¡Cómo me dolía! parece que le quise clavar las muelas para sentir más gustito y como estaba duro el chocolate, le di a la lengua.
Yo me re asusté cuando me dijeron, pensé que le habían pegado, como la vez que se agarró a trompadas con el señor que tiró el papelito al piso, o que se había quebrado algo, no sé una pierna o una costilla. Me llevaron a la oficina, estaba una amiga de mi mamá que me agarró la mochila y dijo que estaba re pesada. Ahí aproveché a hablar y le conté que los lunes está pesada porque tengo que llevar los libros de dos materias, que cada una tiene manual y cuaderno de tareas; por lo menos tenía algo que decir y me sentía tranquilo explicando eso. Ella me miraba a los ojos super atenta, fue raro porque nunca me presta tanta atención, me asustó eso, pero me gustó que me mirara, así que le seguí explicando que los lunes son horribles porque encima tengo dibujo, que no me gusta para nada y me sale mal.

Después de comer un sánguche de milanesa, me dijo que mamá le encargó que me explicara que mi papá estaba internado, sí ya sé, le dije, (lunes tenía que ser, pensé), y ahí me dijo que mi papá se había tomado más pastillas de las que tenía que tomar, tranquila lo dijo, pero mirándome bien. ¿viste que toma pastillas?, sí, bueno, tomó más de las que tenía que tomar, y le hicieron mal.
Ah, como la otra vez que yo me comí todo el paquete de gomitas, que me dolió la panza todo el día, arriba en el estómago, tanto me había machacado mi papá con bueno, ahí tenés, te gustó el durazno aguantate la pelusa, decía. Las gomitas no tienen pelusa, pensaba yo embroncado. Mirá, ahora el pavote se tomó él un montón de pastillas...¿Qué? ¿Serán ricas, que tomó muchas? ¿No eran remedios? ¿Por qué mis remedios son todos feos? Los que las fabrican deberían hacer al revés, hacer ricas las que son para chicos. Si total mi papá toma ese amargo horrible que le echa a la soda, qué necesidad de hacerle ricas las pastillas a él.

La cosa que cuando llegó mi mamá me abrazó re fuerte. Qué bueno ese abrazo apretado y el sánguche de milanesa estaba buenísimo. Si no me hubiera mordido la lengua, casi no parecería lunes. Ah, y si no lo hubieran internado a mi papá.

Después fue todo raro, fui a fútbol como siempre, pero me llevó esa amiga de mi mamá, que encima se olvidó el carné del club y le agarró miedo de que no me dejen entrar. Si a mí ya me conocen; todavía veníamos lejos cuando el señor de la puerta dijo mi apellido. Desde que me quedo entrenando un rato demás, ya todos me ubican, se ve que lo que salgo con poquitos chicos y no con todo el malón, como dice mi abuela. Hasta la noche estuvieron esos amigos en casa, con sus hijos se quedaron, porque parece que mi mamá estaba cuidando a mi papá en el hospital. Me dijeron que ya estaba bien, pero que se quedaba porque no sé qué; será que no estaban taan seguros de que esté bien, o para que aprenda, cuando yo me comí las gomitas, no me dejaron meter a la pileta al otro día.

Por suerte cuando ya me iba a dormir, vino mi mamá. Menos mal porque yo estaba furioso con el hijo de ellos que me agarró la pata de pollo del plato, qué ganas de pegarle que me dio y eso que yo no pego, argumento re bien dice la seño, porque todos en casa somos de hablar y no de pegar. Pero me sacó justo la pata de pollo del plato, mientras yo comía, y se reía. Si hubiera estado mi papá lo reta, o los reta a los papás para que les dé vergüenza, o al menos le quita la pata y me la devuelve. Bueno, raro que la amiga se fue volando cuando llegó mamá, no se quedó charlando como siempre, como si se le hubieran ido las ideas de las cosas que hablan siempre.

No sé tampoco por qué mamá lloraba a la noche y tenía esa cara de fantasmita triste. Mi hermana también se debe haber dado cuenta porque se quedó charlando con ella. Yo me estaba por dormir.  -¿Por qué papá quería hacer eso? ¿Qué hago yo sin papá?- Le dijo en la charla. No entiendo, de qué hablan, ¿hacer qué? Si le pasó como con mis gomitas, ni se dio cuenta de que se estaba tomando todas las pastillas, debe haber estado mirando una serie y chau, se le acabaron. Fui y les expliqué.
Me miraron sorprendidas -¿Qué hacés despierto vos?- dijo mamá. Les expliqué bien todo, pero me miraron con ternura, como cuando preparo comida de mentirita o digo alguna frase que ellos usan. Hicieron silencio y mamá puso esa cara que pone cuando de golpe se decide a que algo se va a hacer, pase lo que pase, cuando decide que la cosa no le va a ganar (sea una maceta, un pallet para un sofá o la enfermedad en la pata de la perra) y me dijo: -Te voy a decir la verdad.

Una porquería la verdad. Que papá se tomó las pastillas porque se quería matar. Papá que no mata las moscas porque le dan asco, ni las cucarachas porque hacen crac, mirá que se va a querer matar él. Si lo pinchás con un escarbadiente y hace un escándalo porque le duele, mirá que se va a querer matar que seguro duele un montón... ¿duele matarse? Me agarró la duda. Pregunté. A veces, me dijeron. Odio esa respuesta. Igual que odio los lunes, y este lunes más que a todos lo demás.

Tal como yo decía, mi papá volvió re bien, solo había estado medio medio de la panza, pero estaba bárbaro y re contento. Mi mamá y mi hermana igual vuelven a hablar cuando él no está, y está menos ahora porque está estudiando una carrera que antes no pudo terminar y ahora la está terminando. Y dele con que por qué quería hacer eso, que le dio el bajón, que había estado demasiado acelerado y después cayó de golpe, que ahora está mejor, que es importante que se sienta útil (si es re útil mi papá, hace un montón de cosas más que los otros papás, que lo único que saben es trabajar), que habrá sido una protesta contra el mundo, que habrá querido llamar la atención sobre la indiferencia de la gente, que con esta crisis nadie anda bien, que los gobiernos son todos iguales por ser gobierno, que mejor sería que no gobierne nadie... Lo bueno que a veces también lo hablan con él, que dijo que no lo va a hacer nunca más. Yo sé que es cierto. Sigue tomando pastillas, pero de a una sola, y así le hacen bien, o no le hacen mal, por lo menos.

Sí pienso en eso de la protesta contra el mundo, estaría re bien protestar, pero no con pastillas, fuerte, a los gritos, para que se escuche. Contra los lunes, por ejemplo, contra los chicos que pegan, contra los papás que viven para trabajar, contra los gobiernos que gobiernan y contra todas las cosas que le llevan la contra a mi mamá, que sabe bien cómo tiene que ser todo. Mi señorita no entiende cuando le explico esto, como que fuera malo protestar. Y ella también toma unas pastillas en el recreo, yo la vi, de a dos las toma. Me cansé de decirle que se toman de a una. Al final me parece que sí le vendría bien a la seño protestar un poco más. 

Yo ya decidí, voy a protestar mucho, porque desde que me empecé a quejar, me di cuenta que también otros de los chicos piensan como yo. Ahora estamos por armar una nota entre varios, para pedir que los lunes no tengamos que llevar tantas cosas, porque nos duele la espalda, somos chiquitos y no queremos terminar todos encorvados como la directora. Mi papá nos va a ayudar.

martes, 29 de enero de 2019

Hilachas

Cuando vi de cerca la adultez altiva de esa otra mujer, supe, por fin, que amaba a mi mámá y supe también por qué. Conozco su relato y el hilván deshilachado de un cuenco vacío que se llena y rebosa, que no soporta el vacío, ni la mitad. Ni la mesura ni la cordura son para un jarrón tejido de barro que no habrá de rajarse jamás, sólo desbarrancarse y hacerse diez mil añicos estrepitosos.


Hubo una mujer, un siglo atrás, que no tuvo madre porque la mató su nacimiento. Así, determinante, liso. Uno de esos eventos que no rebotan ni se ablandan, ni interactúan ni nada. Implacable. Quizás por falta de una mamá, no supo muy bien ser niña y desde que la recibieron las monjas después de tres rechazos, tres familias que creyeron que querían adoptar pero al final no, desde ese día, el primero en su memoria, fue grande. Cortó leña, cosió, mató patos, obedeció, calló y perfeccionó el arte de ser falsamente sumisa.

En algún momento, cualquiera, de esa adusta travesía que la llevaba por una vida que podía ser la de otra, o la de nadie, conoció a un encantador de serpientes. No había escuchado cuentos de encantadores de serpientes, no fue porque le recordara a una historia de fantasía que decidió quedarse a su lado. Fue por respeto a un hombre que podía mandar sobre una especie venenosa. Entonces, podía con los seres humanos. Podía defender la prole.

El hombre dominaba a las víboras, solía venir con alguna enroscada en el cuello, sabía un silbido para amansarlas, la magia negra, había dicho alguien. De lejos se distinguía su figura firme y retacona, que aparentaba más altura por el sombrero oscuro que parecía hecho de sombra. El hombre desconocía por completo el sonido para dominar el vino. Estaba convencido de que lo vencía recién cuando podía parar la damajuana sobre su pico. Todos sabían que los lunes no iba a trabajar.

Pero era cierto que podía defender la prole, de cinco que quedaron, porque la sexta se enfermó de bebé. Cuando estaba fresco, la defendía de la implacable dictadura de la madre y de la amargura que la atravesaba. Les enseñó a jugar y a entusiasmarse, a enfrentarse a los retos igual que a las personas. Nunca le tuvo que pegar a nadie y explicarle que esos críos no se tocan porque son suyos, no hizo falta, porque los críos, desde pequeños, se llevaban puesto a todo el mundo. Y un día se lo llevaron puesto a él y lo corrieron por viejo borracho que le anda pegando a la mamá.

Los chicos aprendieron a sobrevivir, cortaron leña, cosieron, mataron patos, pero nunca aprendieron a obedecer ni a callarse. Crecieron sin reconocer el discurso de los grandes, ni sus moderaciones ni su adaptación al medio. Los vieron como traviesos, al principio, cuando rompían ventanas de los vecinos cazando pájaros, como peligrosos cuando resistían los atropellos de los muchachos con dinero, y les ganaban; como desubicados rondando los treinta, como locos para tomar litio por los cuarenta, como irresponsables, cuando tuvieron hijos maricones y, muchas veces, como malvados. A la gente le costaba reconocer la señal de la desmesura y de la infinita infancia.

Me pregunto cómo se habrán convertido en esos seres de eterna travesura, no sé si habrá un banco de infancias perdidas que se compactan y reparten al azar, o si quien pierde mucho puede reclamarlo para su descendencia. De donde sale el orden en el que un borracho construye una hamaca para que los críos se columpien para siempre, para que ni los años ni el trabajo ni sus propios hijos puedan obligarlos a bajar a tierra. Qué caos detrás del caos empieza una trama que nos alcanza y qué hilos nos toca trenzar en el tapiz irremediable, en el pedazo de relato que nos hace, nos deshace, nos libra y nos suelta por ahí.







domingo, 6 de enero de 2019

Se fue Cromañón

Cromañón, te fuiste con la cola pintada de témpera rosada del Enoc.
Con trece años de buen gato, no esperábamos que te nos mueras en batalla.
Si no hay gatos en el cielo de los hombres, espero al menos poder recordarte.