lunes, 11 de mayo de 2020

Los chicos que no iban a la escuela

Los chicos que no iban a la escuela fueron los únicos que detectaron el fenómeno anómalo, en un amanecer que no fue cualquiera, del quinto mes de un año en el que la gente había vuelto a confiar en la policía.
El hecho concreto fue que dos hermanos vampiros, más bien chiquitos, se habían quedado sin lugar donde dormir. Tal vez porque sus pares andaban con miedo de que los humanos les contagien un virus que había mutado y ahora infectaba a murciélagos, tal vez porque los veterinarios recomendaban dejar de colgarse y dormir cabeza para arriba o simplemente porque los que estaban cómodos y calentitos, se quedaban mosca y se olvidaban del mundo; este par de bichos se había quedado sin refugio para ese día.
Ya se hinchaba de rosado el horizonte y unas nubes gris pastel lo manchaban un poco; los vampiritos creían que sería un día de sol así que se atolondraban por encontrar algún rincón. Sin embargo, inesperadamente para ellos, que no solían husmear el pronóstico en el celular y que el sexto sentido se les había empastado un poco de sangre coagulada, se largó a llover. No era la garúa finita que les encanta a las achicorias de la huerta y a los novios que se prestan los pulóveres, era un señor chaparrón.
Fue en ese momento, cuando a la vampira chica se le encendió una chispa de rebeldía y le dieron unas ganas tremendas de volver a dormir colgada, como cuando la hembra que los cuidaba los arrullaba con unos ultrasonidos tan lindos.
Entonces pensó, que si no había otra opción, se podría colgar de una gota de lluvia. El hermano la siguió. En el primer intento, saltó a una gota redondeada y pesada, pero cuando la interceptó, se le desarmó toda, en varios chorritos que cayeron, a la par de la vampira contra el suelo encharcado de barro.
En el segundo intento, el hermano creyó ver que la gota se había demorado en el aire, mientras la hermana le aterrizaba encima, sin embargo, nuevamente cayeron, y dieron contra una planta de cala que bordeaba un zanjón.
Ya le estaba agarrando esa angustia de a veces, en la garganta, cuando, inesperadamente para el suelo, ávido de lluvia, las gotas se agruparon en el aire y quedaron suspendidas. Tal vez porque pensaron que un vampiro son todos los vampiros, o por el puro placer de organizarse, o porque tiempo hacía que las aburría la velocidad y el acelere continuo, las gotas simplemente fallaron al mandato de caer.
Entonces la vampira chica, sin sorpresa pero con gusto, se trepó a una gotaza alargada que parecía blanda y mullida. Y ahí, con la sensación del viento en el hocico que da la libertad, se acostó a dormir, cabeza para abajo, y bien prendida del agua.
Cuando el movimiento de la ciudad empezó, la gente que iba al trabajo y los que iban a la escuela, no se dieron cuenta del fenómeno. Unos muy dormidos, algunos concentrados y muchísimos culposos, iban a sus tareas como la aguja finita del reloj, constantes, precisos e irrelevantes.
Solamente los chicos que habían dejado de ir a la escuela tuvieron ocasión de ver la constelación de bolitas transparentes. Unas magenta, otras verdosas, unas cuántas enormes y otras, sólo salpicaduras, todas quietas en el aire que todavía no se había llenado de humo. Los chicos sacaron fotos, tomaron notas, hicieron hipótesis y le escribieron mensajes a las universidades.
Se armó mucho revuelo en el barrio durante todo ese día, fue el comentario de todos los murciélagos y de todos los humanos. Los medios de comunicación vinieron y mientras creyeron que era fantasía, estuvieron dispuestos a publicarlo en muchos formatos, pero cuando vieron las gotas en el aire, algo los asustó y se fueron rapidísimo.  Los de la universidad tenían justo la fecha de entrega de los formularios de renovación de proyectos anuales de investigación, de todas las unidades académicas; así que no vino nadie. Sí se acercaron algunos murciélagos, que protegidos por gorritos, intentaron percibir de qué se trataba, pero por temor a que tenga algo que ver con el virus humano, se fueron enseguida.
Los chicos que no iban a la escuela ordenaron la información, la compartieron con todos y durante los meses que siguieron, les brillaron los ojos curiosos mientras aprendían, se preguntaban discutían y se acaloraban.
Ese día, recién cuando atardecía pesadamente, los murciélagos se despertaron a su vida noctámbula y las gotas cómplices aflojaron la resistencia. Llovió tranquilamente a la hora de cenar tortas fritas y casi todas las gotas lavaron el aire para caer junto con el humo sobre la ciudad agitada. Sólo unas unas pocas que siguieron viaje pegadas a las alas de los vampiros, llevaron al extremo su propia revolución.

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