martes, 29 de enero de 2019

Hilachas

Cuando vi de cerca la adultez altiva de esa otra mujer, supe, por fin, que amaba a mi mámá y supe también por qué. Conozco su relato y el hilván deshilachado de un cuenco vacío que se llena y rebosa, que no soporta el vacío, ni la mitad. Ni la mesura ni la cordura son para un jarrón tejido de barro que no habrá de rajarse jamás, sólo desbarrancarse y hacerse diez mil añicos estrepitosos.


Hubo una mujer, un siglo atrás, que no tuvo madre porque la mató su nacimiento. Así, determinante, liso. Uno de esos eventos que no rebotan ni se ablandan, ni interactúan ni nada. Implacable. Quizás por falta de una mamá, no supo muy bien ser niña y desde que la recibieron las monjas después de tres rechazos, tres familias que creyeron que querían adoptar pero al final no, desde ese día, el primero en su memoria, fue grande. Cortó leña, cosió, mató patos, obedeció, calló y perfeccionó el arte de ser falsamente sumisa.

En algún momento, cualquiera, de esa adusta travesía que la llevaba por una vida que podía ser la de otra, o la de nadie, conoció a un encantador de serpientes. No había escuchado cuentos de encantadores de serpientes, no fue porque le recordara a una historia de fantasía que decidió quedarse a su lado. Fue por respeto a un hombre que podía mandar sobre una especie venenosa. Entonces, podía con los seres humanos. Podía defender la prole.

El hombre dominaba a las víboras, solía venir con alguna enroscada en el cuello, sabía un silbido para amansarlas, la magia negra, había dicho alguien. De lejos se distinguía su figura firme y retacona, que aparentaba más altura por el sombrero oscuro que parecía hecho de sombra. El hombre desconocía por completo el sonido para dominar el vino. Estaba convencido de que lo vencía recién cuando podía parar la damajuana sobre su pico. Todos sabían que los lunes no iba a trabajar.

Pero era cierto que podía defender la prole, de cinco que quedaron, porque la sexta se enfermó de bebé. Cuando estaba fresco, la defendía de la implacable dictadura de la madre y de la amargura que la atravesaba. Les enseñó a jugar y a entusiasmarse, a enfrentarse a los retos igual que a las personas. Nunca le tuvo que pegar a nadie y explicarle que esos críos no se tocan porque son suyos, no hizo falta, porque los críos, desde pequeños, se llevaban puesto a todo el mundo. Y un día se lo llevaron puesto a él y lo corrieron por viejo borracho que le anda pegando a la mamá.

Los chicos aprendieron a sobrevivir, cortaron leña, cosieron, mataron patos, pero nunca aprendieron a obedecer ni a callarse. Crecieron sin reconocer el discurso de los grandes, ni sus moderaciones ni su adaptación al medio. Los vieron como traviesos, al principio, cuando rompían ventanas de los vecinos cazando pájaros, como peligrosos cuando resistían los atropellos de los muchachos con dinero, y les ganaban; como desubicados rondando los treinta, como locos para tomar litio por los cuarenta, como irresponsables, cuando tuvieron hijos maricones y, muchas veces, como malvados. A la gente le costaba reconocer la señal de la desmesura y de la infinita infancia.

Me pregunto cómo se habrán convertido en esos seres de eterna travesura, no sé si habrá un banco de infancias perdidas que se compactan y reparten al azar, o si quien pierde mucho puede reclamarlo para su descendencia. De donde sale el orden en el que un borracho construye una hamaca para que los críos se columpien para siempre, para que ni los años ni el trabajo ni sus propios hijos puedan obligarlos a bajar a tierra. Qué caos detrás del caos empieza una trama que nos alcanza y qué hilos nos toca trenzar en el tapiz irremediable, en el pedazo de relato que nos hace, nos deshace, nos libra y nos suelta por ahí.







domingo, 6 de enero de 2019

Se fue Cromañón

Cromañón, te fuiste con la cola pintada de témpera rosada del Enoc.
Con trece años de buen gato, no esperábamos que te nos mueras en batalla.
Si no hay gatos en el cielo de los hombres, espero al menos poder recordarte.

miércoles, 3 de octubre de 2018

El hombre de sombrero (I)

Le habían comido las pestañas las hormigas, ni una le habían dejado. En la misma época en que la meningitis le había comido una hermana, pero se ve que la meningitis era diferente a las hormigas, porque le había dejado cuatro, cuatro hermanos más, por suerte o por desgracia.
Meningitis, qué raro sonaba esa palabra, que ahora se sabía bien; se pronuncia marcando la gi, gi, es como pegajosa. Se le había reído la madre cuando preguntó si era culpa del desgraciado. No, eso no, le había dicho, mirando el atardecer sobre el campo ajeno, tal vez preguntándose si ese día vendría.

 Mucho tiempo después sería ella la que miraría por las ventanas alargadas del living, haciéndose la misma pregunta.
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miércoles, 25 de octubre de 2017

Noche tibia

Quedé latiendo como un corazón fuerte
en el cuerpo ya sin vida de un animal degollado
temblando como un pájaro perdido y mojado.

Tus manos precisas me resumieron,
me sintetizaron hasta dejar mis dudas 
convertidas en un suspiro.

Mi desmadrado sentir
embravecido y descontrolado
está a la sombra de tu potencia 
y de tu palabra.

domingo, 22 de octubre de 2017

Generosidad

¿Es generosidad o egoísmo
la picelada liviana de tus dedos?

Yo pierdo el gobierno de mí
y vos haces de tu vida
una obra de arte.

miércoles, 18 de octubre de 2017

¿Quién es mi hermano?

¿Te sorprendió que tu hermano fuera tu hermano?
Me pregunto que cosas pensaron y que cosas heredaron.
 Como todos.
¿Se quieren si se acercan ideológicamente?
Un compañero es mas importante que un amigo
porque al amigo siempre lo vas a terminar traicionando,
junto con su clase.
¿Y también los hermanos son hermanos 
cuando enfrentan al capital?
¿Por qué te habías pensado insignificante?

Sentados a esperar

Mediocres en nuestro estatismo,
bien quietecitos por temor
Somos empleados para que no existan los patrones.

Boicoteamos el juego dejándonos perder.
¿Podremos no jugar?
¿O hay que perder sólo para no enamorarse del juego?
¿Sentados a esperar la revolución?